Archivo de la categoría: Cine, literatura, arte

De romanticismo y portazos

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Esta noche he tenido un sueño divertido, aunque ha habido portazos al final. Al principio me he trasladado a mi edad adolescente y he formado parte de una pandilla en la que se mezclan niños de varias edades. Típico grupo de vacaciones de verano. Intentad visualizar conmigo, ¿os acordáis de ese chico guapo, unos años mayor, que aparece de vez en cuando? Sólo de vez en cuando porque se aburre con los pequeños y tontea también con otro grupo de chicos y chicas que ya fuman, van a discotecas y se meten mano.

Y de repente ese chico te mira, te mira a ti, te dice algo parecido a un torpe piropo y sientes (seguro que habéis vivido alguna vez algo parecido) que todo lo que hay a tu alrededor desaparece, las risitas de tus amigas van perdiendo volumen para dejan paso a violines, sientes que cae del cielo confeti y que las olas del mar rompen cerca de él para llenarle de gotitas de agua salada. Bueno, olvidad lo de las olas, demasiado cursi, ya es suficiente con el confeti y los violines, y esa mirada de adolescente travieso que ha decidido fijarse sólo en ti.

Mi subconsciente me ha sacado de ese momento enviándome al futuro de golpe, creo que me ha metido en un tubo fluorescente por el que me he deslizado rápidamente. Y ya soy una mujer adulta y a mi lado está el chico adolescente que ahora tiene los mismos ojos, pero no la misma mirada. Y es, alucinad, político. Estamos en un colegio electoral, parece que le ha ido bien, yo le acompaño; los violines chirrían, que queréis que os diga. Que pereza, por favor.

De repente le rodean unos tantos, lo llevan en volandas, salen a un pasillo, los pierdo de vista, no los alcanzo. Y me acuerdo, en ese momento, de Kay Adams (Diane Keaton) en El Padrino, cuando le cierran los esbirros de Michael Corleone (Al Pacino) la puerta en las narices.

A mí me vais a cerrar la puerta, ni en sueños.

 


Los pliegues de Proust

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Anoche me acosté pensando, no sin cierta sorna, que Proust es capaz de hacer un árbol genealógico de una mota de polvo; tales son los pliegues que consigue encontrar de una realidad aparentemente plana. Me siento reconfortada cuando encuentro, en un autor que estoy leyendo, algo con lo que sentirme identificada. Murakami dice que para él escribir es un acto físico, agotador en ocasiones, y yo al leer dicha afirmación me emociono al recordar que extraigo las palabras del estómago, con más o menos precisión.

Y ahora mastico las frases de Marcel Proust (maldito bendito nostálgico, también snob) porque dota a cualquier acto cotidiano de sentido, de finalidad, de principio, nudo y desenlace. Dota a un olor de pasado, presente y futuro. Y cuando yo pienso que me pesa el aire más de lo normal porque lo saturo de palabras que lo expliquen, entiendo que no estoy sola. Es usted, señor, demasiado sentimental, pero tiene una manera de escribir similar a  como hilvano yo mis pensamientos; no así escribo, ya que tiendo a la concisión.

Y cómo me acosté pensando en el árbol genealógico de una mota de polvo, y en la pesadez del aire, he soñado con Proust, pese a ser yo más anglófila que afrancesada. Hemos conversado; al principio me he sentido cohibida, porque sólo era capaz de hablar de que en mi casa estamos cambiando el suelo. Entiende mi nuevo amigo que huele a madera nueva y eso es bueno, pero que el serrín proyecta una sensación de falso entusiasmo, de paciencia mal llevada, de duda razonable. Me cuenta: “Ahora los sonidos son nuevos, los pasos desacostumbrados producen más eco, y tú no sabes si el eco hay que dotarlo también de consistencia, o es demasiado ligero para albergar recuerdos”.

– Me siento como una niña con zapatos nuevos.

– Los zapatos no te van a producir rozaduras, da pasos ligeros, y de paso deshecha recuerdos.

Le he contado que mi rodilla se resiente y, aunque él no sabe lo que es la magnetoterapia, me ha preguntado si he visto a través de mis compañeros de rehabilitación algún atisbo de optimismo: “Fíjate bien, esas patas de gallo formadas por sonrisas amables de resignación las verás sobre todo en los pacientes más afectados. Es una sonrisa casi avergonzada, de pudor, el ´buenos días a todos y a todas´ más alto de lo normal del que pierde dicción, o los ojos llorosos, pueriles, de un hombre mayor que no deja la muleta en casa, bromea, por miedo a que se sienta abandonada, como una amante a la que al principio te has acercado por pura rebeldía y sin la que ahora no puedes vivir, aunque sabes que debes dejarla”.

-Te leo en esas sesiones. A veces eres artificioso.

-Me lees enfrascada en una postura forzada, mirando a un suelo limpio de polvo, pero que muestra las quejas de los sanitarios. Son prudentes, pero no les gustan sus horarios, ni las inoportunas reclamaciones de algunos pacientes, y sólo se lo cuentan al suelo a cada pisada. Por eso el suelo es oscuro. Es antiguo, una cerámica que recuerda a tiempos pasados, y piensas que no se cambia porque esa alusión a otras décadas da una falsa seguridad a por quiénes allí pasan.

Me ha dicho Marcel Proust que no vacíe el aire de palabras_ “no lo ibas a conseguir de todas formas”_ pero sí que me siente encima de él y le dé patadas.


Paco León

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Esta noche he soñado con Paco León. Teniendo en cuenta que vi “Kiki, el amor se hace” recientemente podría haber sido un sueño erótico, pero no ha sido el caso. Otra vez será.

En mi sueño, eso sí, Paco León es director de cine y dirige una película más del estilo de Juan Antonio Bayona, en el que el protagonista es un monstruo gigante. Yo participo en el rodaje, a veces soy responsable de prensa y otras actriz principal. En cualquier caso Paco y yo no nos llevamos bien.

¿Sabéis esa carita de niño bueno, de ojitos casi transparentes, mirada dulce de Paco León? Olvidadla. No sabéis la de veces que me ha regañado (por no decir echado la bronca) durante el tiempo que ha durado mi sueño. No me deja respirar, vigila todos mis movimientos, me espía, me grita si me acerco demasiado al set de rodaje. Pero si soy la actriz principal, ¿o era la responsable de prensa? Ya no puedo pensar con claridad, no se puede trabajar en estas condiciones, con un director histérico que la ha tomado conmigo.

Vaaaale, seamos buenos. Todo esto tiene una explicación. El monstruo protagonista es una especie de dinosaurio gigante, una estructura de unos cinco metros muy sofisticada (y muy cara) que se maneja desde dentro. Y yo, cual experta conductora de grúas, quiero entrar dentro del dinosaurio, encender el mecanismo que lo mueve, sacarlo a pasear. ¡Yuuuhuuu! Es alucinante, ¿a que me escapo con el bicho a la Gran Vía de Madrid?


Zinedine Zidane, mi marido

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Que me perdone su verdadera esposa, pero esta noche he soñado que Zizou era mi marido. No está entre los guapos oficiales de mi ideario, pero tengo que confesar que en un principio me ha hecho mucha ilusión. Tan “polite”, tan deportista, tan guapo al fin y al cabo… tan aficionado a los aparatos eléctricos.

No os cuento la noche de bodas porque no ha existido, ni paseos románticos por la playa o, por qué no, la fantasía de que me hable en francés al oído. O la ilusión de acompañarlo a los entrenamientos alguna vez (será porque soy del Barça). Mi matrimonio con Zidane se ha basado en preguntas sobre aparatos electrónicos. “¿Cómo funciona esta radio?”, “¿Puedo desmontar la tostadora?”, “¿El módem tiene adaptadores para otras clavijas?”.

Como yo no le hacía caso se ha aliado con mi padre y juntos han emprendido la noble tarea de arreglar una televisión. Sobre esto Freud tendría una justificación interesante.

Esto es todo amigos, fin del matrimonio.


Script

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Desconozco si Antonio de la Torre ha escrito algún guión, pero esta noche he soñado que me encontraba un guión suyo perdido en la habitación de un viejo hotel. ¿Que qué hacía yo en un viejo hotel? ¿Qué por qué era viejo? Mi subconsciente así me lo ha marcado, qué se yo. El caso es que después de haber intentado comer en un Vips y en un Ginos sin éxito, cocina cerrada, ¿os podéis creer?, he acabado descansando con el estómago vacío en un viejo hotel. En la habitación, debajo de una mesita, me he encontrado dentro de una caja unas anotaciones que han resultado ser un guión de un filme firmado por Antonio de la Torre.

La vieja habitación, el ambiente, la caja misteriosa, las anotaciones a mano… sugieren que yo me haya puesto en contacto con Antonio buscando a su representante, andando kilómetros en busca de una cabina que funcione, o algo por el estilo. Pero no, a través de twitter he contactado directamente con él y hemos quedado para hacerle llegar el tesoro encontrado.

Y sí, la película se ha rodado. Escrita, dirigida y protagonizada por el actor del momento. Y, ¿sabéis? Me ha contratado de script, sin experiencia previa y sin saber exactamente cómo ejecutar bien mi trabajo, pero mi subconsciente, que se divierte conmigo en mis sueños “disparate”, me ha enviado señales, me ha explicado que ser “script” tiene una relación estrecha con la ejecución del guión: “La función de continuista o script es una profesión relacionada con la elaboración de una película de cine o televisión. Corresponde a la persona encargada de supervisar la continuidad de un proyecto audivisual (película cinematográfica o de televisión, serie de televisión, documental etc.) en todos sus aspectos visuales y argumentales, de tal modo que el hilo temporal en el que se narra la historia no experimente ningún salto de continuidad a ojos del espectador”.

¿Que de qué iba la película? Ni idea.


Las películas que me hicieron llorar

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Soy de lágrima fácil, de hecho esta mañana me he despertado llorando. He soñado con una historia de amor truncada, con ese final no feliz que te hace soltar varias lagrimitas. Este sueño me ha hecho recordar un puñado de películas que me hicieron llorar. Pero no soltar alguna lágrima, sino llorar con hipidos y a moco tendido. Algunas son míticas, forman parte de la historia lacrimal del cine, otras son simplemente sensibleras, otras no las he podido volver a ver:

El Padrino III: Y eso que me hicieron un “spoiler” con el final que le esperaba a Sofía Coppola.

Magnolias de Acero: Ese niño pequeño que no sabe que su mamá (Julia Roberts) acaba de fallecer.

Blade Runner: Menos mal que nos quedará el unicornio de origami.

Campeón: Injusto final.

Cinema Paradiso: Poco que añadir, Cinema Paradiso.

E.T.: Yo tampoco quería que regresara a casa.

No puedes comprar mi amor:  Patrick Dempsey en un cortacésped con su enamorada… lo descubrí mucho antes de que se convirtiera en el “Doctor Macizo”.

Los Amantes del Círculo Polar: Mi preferida entre las preferidas.

El Club de los Poetas Muertos: ¡Oh, Capitán, mi Capitán!

Love Story: Llorando de principio a fin.

¿Y vosotros? ¿Con qué películas habéis tenido que recurrir a los Kleenex? Quizás os inspire esta banda sonora:


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