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Mar adentro

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No sé muy bien cuál es la razón de que a mi subconsciente, no a mí, le gusten tanto los accidentes espectaculares, mar adentro. Hundimientos básicamente, mar tragando como si de un monstruo con hambre se tratara, grandes barcos, aviones y, en esta ocasión, un puente levadizo.

Generalmente tienen lugar en un paisaje real, el que podéis ver en la foto; las vistas de casa de mis padres en el Estrecho de Gibraltar. He soñado en innumerables ocasiones con aviones partidos en dos cayendo, el mar los engulle. A veces puedo alcanzarlos con las manos, y sacarlos a flote, otras los pierdo para siempre, y siento cierto placer al observar cómo los voy perdiendo de vista. Lo dicho, es mi subconsciente a quien le gusta este triste espectáculo, porque cuando estoy despierta es algo que me aterra.

Esta noche estaba asomada a ese mar impredecible cuando un puente levadizo que recorría la costa (como si eso fuera normal), se ha soltado por uno de los lados. Había muchas personas pasando, y se han agarrado todos como han podido cuando uno de los laterales ha comenzado a hundirse. Recuerdo, una estructura de hierro, tragada por el mar como si fuera un juguete. Nadie ha caído, han inventado un baile imposible a base de saltos para mantenerse a flote. Como las hormigas, que no se ahogan si todas juntas “reman” en una misma dirección.

“Un, dos, tres, ¡salto!”. Mientras saltaban a la de tres, me acercaba en una lancha a sacarlos del puente. Pero sólo uno a uno, y durante el salto.

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Avispas en el mar

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Hoy me he sumergido, como tantas veces en mis sueños, en el mar. Mi yo dormido iba proyectando imágenes imposibles, y mi yo consciente me iba meciendo. De manera que no he tenido que nadar, ni esforzarme por alejarme de ciertas situaciones porque yo era la marea.

Por tanto cuando he visto bajo mis pies una gigante raya de mar, negra, no me he movido, me he dejado mecer hacia un lado para dejarla saltar y que no me pillase en medio. ¿Que si he sentido vértigo? Mucho, pero lo he disimulado bastante bien.

También he guiado a unos bañistas por unos pasadizos semi cubiertos de agua, donde podían hacer pie y no ahogarse (ellos también han visto la raya y están asustados). Porque yo soy yo y me observo al lado de ellos, pero también soy la marea y los muevo a ellos permaneciendo inmóvil.

Cuando me he vuelto a quedar sola se ha posado una avispa en mi pie izquierdo, que sobresale del agua. Quiero salvarla, que no se ahogue pero, al mover el pie, la avispa se ha multiplicado, y ahora miles de ellas forman una flor acuática y peligrosa. Está claro que debo permanecer inmóvil, porque yo soy la marea, marea en calma.


¡Dientes, dientes!

dientesNo he querido parafrasear a una famosa tonadillera al titular este sueño… o sí, no lo he podido evitar. Pero yo no me refiero a enseñar dientes cual ordinario espécimen enfadado. Yo es que esta noche he vuelto a soñar que se me caían los dientes.

¿Cuántas veces lo habré soñado? Muchísimas; lo que más recuerdo es la sensación de las muelas sueltas en la boca, tener que escupirlas. Me importa poco la estética, el verme sin molares y premolares, incluso paletas. La sensación extraña es la caída, mover con la lengua una muela y que caiga en un santiamén.

Hay muchas teorías sobre por qué soñamos con este fatídico hecho: inseguridad, malas decisiones, previsión de malas noticias e incluso aviso de que algo falla en el sexo. Nada de esto parece que esté asociado a mi sentir últimamente, pero ahí está, esta noche me he quedado sin incisivos, cúspides y bicúspides.

Y mientras tanto he ido a Ikea, que se ha convertido en un parque de atracciones. ¿La temática? La deco, claro está. En una de sus mesas Hemnes había niños celebrando un cumpleaños, rodeados por un globo gigante de E. T. dando vueltas por la estancia. Ahí he escupido yo el primer premolar. También podías ver una película acomodado en sillones Ektorp. No sabía cómo sentarme y me he resbalado; me he partido la paleta en el aterrizaje. Muy divertido el parque Ikea, con talleres para crear tus propios peluches, cursos de cocina… por el restaurante mejor no me acerco.

Al despertarme esta mañana me he ido casi volando a mirarme en un espejo. Todo en su sitio, pero qué necesidad de beber agua y escupir…

 

 


Madrid

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No sé por qué vuelves siempre Madrid a mí. Deberías mantenerte lejos, exactamente a la distancia en kilómetros que nos separan. Pero te cuelas en mis sueños y tus calles, dulcificadas por mi subconsciente, aparecen como fotografías repetidas.

Tengo sueños recurrentes, ya lo he comentado más de una vez, pero son recurrentes algunas temáticas, sensaciones, elementos como el agua, la sangre, el color azul Francia. Nunca se repiten escenas o fotografías, menos cuando sueño con Madrid. Madrid es un sueño que se repite.

Y hay dos lugares que vienen a visitarme para recordarme que Madrid ya no me pertenece. En realidad no existen; o son una versión alterada de lugares que sí existen. A veces observo el principio de Paseo de La Habana, a lo lejos, y lo que observo es un bulevar, pero acristalado. Todo es puro cristal, y puedo ver a través de él. No me muevo.

Otras veces estoy en Gran Vía y subo a un escarpado campanario de alguna Iglesia, no recuerdo que haya nada parecido por allí. A veces es una Iglesia, otras un castillo, pero sé que accedo por Gran Vía y que subo por una escalera de piedra; por algunos recovecos se cuela una hiedra.

Cristales y piedra. Y tú ya no me perteneces y yo quiero pisarte de nuevo.

 


Mi primo Javier

 

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Tengo sueños recurrentes. Sueño con el miedo que toma forma, y con el agua que a veces me ahoga y otras me devuelve la vida. Sueño con serpientes, y con casas y pasillos interminables, de manera recurrente.

También hay personas que aparecen y desaparecen en mis sueños y uno de ellos es mi primo Javier. Curioso, teniendo en cuenta que en nuestra edad adulta hemos coincidido en contadas ocasiones. Vive fuera de España y en los últimos años, muchos, puedo contar con los dedos de una mano las veces en las que hemos hablado.

Pero aparece de manera intermitente en mis sueños, siempre para calmarme. Pocas conversaciones recuerdo haber tenido con él en estos encuentros. La última vez que nos vimos me contó como le había fabricado a sus hijas mayores unas cunas de madera. Y cuando rememoro estas conversaciones de manera consciente lo visualizo a él con una voz calmada, con un tono casi susurrante. Por esa razón quizás mi subconsciente ha guardado su recuerdo como un recurso al que acudir cuando en una de mis pesadillas necesito calma. Curioso.

Cuando era pequeña tenía auténtica devoción por su hermano mayor, mi poeta favorito, por lo que aparece Javier en mis recuerdos en un segundo plano, allí, siempre calmado. Y yo, que aspiro más a la tranquilidad que a la felicidad, debo tener muy bien aleccionado a mi subconsciente, que me lo trae de vuelta cuando, en mis sueños, necesito alguien que me ponga la mano en el hombro y me diga: “Tranquila”. Así ha sido la última vez.

Querido Javier, te tengo muy presente. Curioso que haya escrito este sueño escuchando fados.

 


No es que sueñe

Por las noches no sueño, en realidad me traslado a otro lugar y luego os cuento donde he estado.

Mi subconsciente, mi compañero, al que temo en ocasiones por su lado perverso, desconocido, me abre una puerta justo cuando entro en la fase REM del sueño. Me invita a entrar y NUNCA puedo resistirme, NUNCA le digo que no. No sé lo que me espera al cruzar la puerta, pero yo entro, y viajo y sueño.

No es que sueñe, voy dando pasos guiada por mi subconsciente. Al principio el horizonte es negro, pero a cada paso que doy va cambiando el panorama de color, de olor, a veces hace frio y otras calor. Muchas veces voy moldeando espacios cerrados, casas, puertas, pasillos. Otras veces vuelo en cielo abierto. El mar siempre a mis pies, no puedo evitar sumergirme en él para respirar con mis branquias.

No es que sueñe, tampoco duermo.


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