Archivo de la categoría: Recurrentes

Buena suerte

Tengo muy buena suerte, nunca me aburro. Y he desarrollado con el tiempo una capacidad (¡qué suerte!) de asombrarme con los pequeños detalles, la cotidianedad, los secretos que me cuentan las paredes y las almohadas.

Cuando voy a dormir además viajo (ya lo sabéis; nueve años de blog lo confirman). Me preparo con el consiguiente ritual, en el que me hablan las sombras. En los últimos días me deleito con el juego de luces que hace una pequeña rendija del cuarto de mi hijo pequeño. Se proyecta en el mío y forma dos líneas perfectas de luz. Me tranquiliza verlas. Entonces disfruto de mi soledad, me acurruco en la cama y comienza mi desencarnación. Acompañada de mí misma, dispuesta a alejarme y tener sueños lúcidos. Qué buena suerte.

En la última semana he asistido a un suicidio colectivo, en el mar, nada traumático, algo de ciencia ficción. Y a un parto, doloroso para la madre, pero que nos ha hecho sentirnos muy vivos a todos los presentes. También he tenido que hacer de detective y viajar hasta Cuba en busca de uno de los suicidas, que ha aprovechado el siniestro ritual para hacerse el muerto y escapar de problemas con la ley. Y tengo mucha suerte, porque he sentido calor y he notado la textura de las camisas de lino blanca que llevamos todos. El tacto de la tela, sin sujetador, sin sudor.


Argumente

Pensando estaba en lo poco que sirve argumentar frente a nadie. La argumentación, todo un arte, es más efectiva en la literatura, y más bella. Esas frases maravillosas que fluyen, con una dialéctica perfecta, cuando estamos solos en la ducha y que unas horas antes no has sido capaz de mostrar ante un “enterao” que encima te cae mal.

Gasta energía estéril parlotear sin parar. Me encantaría lograr un equilibrio entre el silencio en público y la argumentación en privado, en mis relatos. Me expreso mejor por escrito.

Esta noche he soñado con una situación un tanto surrealista; le he pasado una notita en una cena con amigos a mi interlocutora, una amiga, que tiene un parecer diferente a mí frente a cómo educar a los hijos:

-“Buenas noches, te he escrito estas palabritas en una servilleta”.

Mishima decía que la literatura era para los cobardes. No es que esté de acuerdo con los planteamientos del “samurái”, pero quién sabe, lo mismo en esto tenía razón.


Estremecer

Estremecerse, qué bonita palabra.

Hoy me he sentido estremecida en mi sueño; estar en espacios confortables, no sólo físicos, te da mucha paz, y te hace estremecer. Cuando recuerdas sentirte a salvo entre las sábanas, en una habitación azul a muchos kilómetros de donde estás en realidad. Luego lo recuerdas el resto del día y te estremeces.

Es un sueño recurrente, tiene algo de mudanza, de esperanza, y de vaciar cajones. Por eso siempre me deshago de cosas banales, papeles, cables, marcos, cojines… no quiero que me pille desprevenida la huida. Que sea una huida limpia y rápida.

Hoy he soñado que mi marido me abría las puertas de una hall muy acogedor, y me he estremecido.


Un sueño muy normal

normal

Convencerte en un sueño de que no estás soñando. Esta noche he hablado conmigo misma sobre mi sueño.

Iba paseando por unos pasillos encontrándome personas que conozco: “Nada raro, voy saludando a personas que conozco, entonces no estoy soñando”.

Algo normal, ningún muerto, ningún desconocido, ningún presidente de los Estados Unidos… Hola, hola, qué tal.

  • “¿Te acuerdas de mi hermano?”.
  • “Sí, hola, ¿qué tal?”.

Voy avanzando por el pasillo e intuyo que a alguna parte me dirijo. ¿Vosotros lo sabéis? Porque me he tirado toda la noche pasilleando y saludando a conocidos, “¿cómo estáis?”.

¿Será que tengo que conocer a gente nueva?

Un sueño muy normal.

P.D. El de la foto soy yo en el futuro… caminando por distintos pasillos.

 


Un apartamento ideal

apartamento

Hace tiempo que no leo revistas de decoración. No sé si os lo he contado, pero me relajan. Pero últimamente no tengo tiempo. Sin embargo esta noche he soñado que me mudaba a un apartamento ideal, y que participaba activamente en su remodelación.

Tampoco tengo necesidad de escapar, ni de cambiar las cosas de sitio en mi propia casa (algo habitual hace un tiempo, pero ya cada cosa está en su sitio). Sin embargo parece que me he sentido muy a gusto en ese espacio que iba quedando tan acogedor.

Apartamento pequeño, espacios aprovechados, colores vivos pero serenos a la vez y sobretodo unas cristaleras impresionantes, y vistas al mar. Un apartamento ideal.

Poco a poco lo ideal se ha ido desdibujando y es que, cuando he pasado a lo que iba a ser mi dormitorio, me han comentado que mejor ese cuarto lo dejara de almacenaje porque el suelo estaba mal aislado. Y al asomarme a las enormes cristaleras el mar se ha colado entre mis pies. Alguien muy antipático me ha comentado: “¿Qué querías? Si vives cerca del mar tendrás que hacer frente a las humedades”.

El apartamento ideal se ha ido deformando, como un decorado, una proyecto de cartón piedra… ¿qué querías?


Mar adentro

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No sé muy bien cuál es la razón de que a mi subconsciente, no a mí, le gusten tanto los accidentes espectaculares, mar adentro. Hundimientos básicamente, mar tragando como si de un monstruo con hambre se tratara, grandes barcos, aviones y, en esta ocasión, un puente levadizo.

Generalmente tienen lugar en un paisaje real, el que podéis ver en la foto; las vistas de casa de mis padres en el Estrecho de Gibraltar. He soñado en innumerables ocasiones con aviones partidos en dos cayendo, el mar los engulle. A veces puedo alcanzarlos con las manos, y sacarlos a flote, otras los pierdo para siempre, y siento cierto placer al observar cómo los voy perdiendo de vista. Lo dicho, es mi subconsciente a quien le gusta este triste espectáculo, porque cuando estoy despierta es algo que me aterra.

Esta noche estaba asomada a ese mar impredecible cuando un puente levadizo que recorría la costa (como si eso fuera normal), se ha soltado por uno de los lados. Había muchas personas pasando, y se han agarrado todos como han podido cuando uno de los laterales ha comenzado a hundirse. Recuerdo, una estructura de hierro, tragada por el mar como si fuera un juguete. Nadie ha caído, han inventado un baile imposible a base de saltos para mantenerse a flote. Como las hormigas, que no se ahogan si todas juntas “reman” en una misma dirección.

“Un, dos, tres, ¡salto!”. Mientras saltaban a la de tres, me acercaba en una lancha a sacarlos del puente. Pero sólo uno a uno, y durante el salto.


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