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Azul Francia (como concepto y libre interpretación)

azul

  • ¿Cuál es tu color favorito?
  • El azul Francia.
  • ¿Y cómo es?

El azul Francia no es exactamente el azul de la bandera de Francia. Está entre el azul oscuro y el azul claro, pero en una gama más de grises que de verdes. No confundir azul Francia con verde agua.

Existe un papel de embalar color azul Francia. Hay papel de embalar marrón tierra, con canutillos, y verde hoja seca, y azul Francia. Mis carpetas las forraba siempre con papel de embalar de ese color, quizás un poco más oscuro de lo habitual en los azules Francia. Mi libro de Empresa Informativa en la Facultad era de color azul Francia, aunque con un matiz verde que puede hacerlo confundir con el antes mencionado verde agua. Y las carpetas tamaño cuartilla son también de color azul Francia.

Color azul Francia es un azul sereno, y tiene un matiz transparente, como el papel celofán, sobre todo el comestible, que es más grisáceo, por el efecto del azúcar quizás. El azul Francia está presente en la postal que tengo de Conversación, de Matisse. Es por el efecto de la impresión, porque en el original el azul predominante es azul mar en calma.

Me gusta el color azul marino pero es tan oscuro que parece tener un imán que te lleva hasta la total oscuridad; el azul Francia te mantiene, por sus matices de gris, verde y blanco, en un perfecto equilibrio, con balanceos suaves, que no causan vértigo. Las nubes a veces son de color azul Francia, pero otras veces no. ESA lluvia es de color azul Francia.

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Azul Francia.


Parecidos razonables

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Os voy a contar una tendencia que tengo, y que me divierte, buscar parecidos razonables entre las personas que me cruzo en mi día a día. Todos tenemos un doble por ahí, o más de uno; yo he encontrado algunos de personajes conocidos en Sevilla, donde vivo. Pasen y vean.

En la puerta del colegio de mis hijas, en la zona infantil para ser más exactos, me encuentro todos los días con el hermano pequeño de Jim Carrey, que recoge infatigable a su hija pequeña. No me lo imagino tan estridente como el original. Digamos que es el hermano pequeño y soso de Jim Carrey. Y si de hermanos de actores hablamos, en la farmacia me atiende la hermana mayor de Gina Rodríguez, la protagonista de “Jane the Virgin”. Misma sonrisa, unos años más.

A Mario Vargas Llosa suelo encontrármelo en el supermercado. Mi sorpresa fue mayúscula la primera vez que lo vi, aunque reaccioné pronto, por lo improbable de ver al futuro marido de Isabel Preysler en un Carrefour de Dos Hermanas (no dudo que vaya al supermercado, pero éste queda muy lejos de su casa). Además la señora que acompaña al doble del premio Nobel no se parece en nada a Isabel.

En el cole hay más parecidos razonables. De vez en cuando veo al doble de Adam Driver (“Girls”), sin su encanto de juventud. No es lo mismo ser un bohemio y llevar sombrero hipster (véase “Mientras seamos jóvenes”), que ser un estresado padre de familia. También me cruzo todos los días con un Jason Lee con mucho estilo, aunque no creo que con el mismo talento, eso sí. Y hace unos días me di cuenta de que una mamá que conozco hace tiempo se parece razonablemente a la flamante protagonista de “The Catch”, Mireille Enos. Una monada.

De vez en cuando me llevo sustos, como cuando una versión “choni” de Marylin Manson estuvo a punto de atropellarme al cruzar un paso de cebra. No sé si el susto fue por el cuasi atropello o por el parecido.

Y sí, he tenido de médico de cabecera al Doctor Macizo (Patrick Dempsey en “Anatomía de Grey”). Pero duró poco, lo sustituyeron a los pocos meses por una doctora muy simpática. Cachis.

 

 


Locos por el fitness

fitness

Estoy enganchada al fitness. Y no soy la única. Es una realidad que existe un amplio sector de la sociedad al que le ha picado el “bichito” de las pesas, el pilates y el body pump, por citar algunos ejemplos. Debí empezar a sospechar que no era la única cuando Don Decathlon se volvió tan familiar o cuando cada día aumentaba la cifra de runners (corredores que ahora se llaman runners) en las calles. Lo de los corredores y viandantes varios en mallas lo comparo al fenómeno zombi de “The Walking Dead”; se multiplican cada día.

Dejo para un sociólogo acreditado las razones de este fenómeno. No les voy a preguntar a mis entrenadores si han notado como su profesión ha adquirido un interés notorio o no es algo nuevo.  Tampoco voy a buscar en Internet artículos sobre el particular porque para particular mi caso, y si acaso os podéis sentir identificados.  Sólo contaros que la traducción del término “fitness” es “aptitud”, que la RAE no lo ha admitido todavía como “palabro” (será cuestión de tiempo), y que la definición en la enciclopedia de la salud es la siguiente:

“Actividad física y muscular realizada de forma repetida (varias veces por semana) que tiene el objetivo de que nos sintamos mejor, tanto física como psicológicamente. Se realiza en un gimnasio que tenga sala de musculación. En fitness también se cuida la alimentación y se supervisa la salud”.

Mi objetivo al comenzar a practicar fitness fue más psicológico que físico. Es un complemento perfecto para la actividad a la que me dedico, la escritura, tan tendente a la introspección y que te hace pasar muchas horas sola frente al ordenador. Escribir es una terapia contra la nostalgia y la obsesión, pero es un arma de doble filo. Me desahogo vomitando palabras pero también sudando. Y de paso voy sudando el cansancio, la rebeldía de la niña adolescente, la falta de sueño del bebé (y en consecuencia la mía)… Desde que practico deporte organizo mejor mi tiempo e incluso escribo más.

Mi objetivo al comenzar a practicar fitness fue más psicológico que físico, pero ojo, esos brazitos moldeados no están “pagaos con ná”. Una está tan contenta con su caso particular que cuando ve anuncios en televisión que hablan de superar la crisis de los cuarenta con ir al gimnasio (léase Nescafé) se da cuenta de que forma parte de un auténtico topicazo. ¿Será eso entonces, que estoy inmersa en la crisis de los cuarenta? ¿Será por eso que me estoy planteando hacerme un piercing en la lengua?

Acabáramos, pues si esa es la razón, que dure mucho esta crisis. Y ahora me voy a comprar conjuntitos de colores chillones, ¡viva el cliché!


Lo que no me gusta

Hashtag

Hace ya tiempo escribí un artículo sobre lo que me gusta. Aquellas cosas que al recordarlas me dibujan una sonrisa en la cara. Y parecía casi irremediable que llegara el artículo en el que os contara las cosas que no me gustan.

Es obvio que todos compartimos un estado de cosas que nos generan rechazo, como las injusticias, sobre todo las cometidas a los más inocentes, el odio, el egoísmo, la soberbia. Yo en este texto me voy a centrar en pequeñas o grandes manías mías; con algunas os podréis sentir identificadas y con otras señaladas.

Pero os las cuento de manera desenfadada, porque sin duda en muchas de ellas participo sin remedio. ¿Quién no ha caído en los errores que tanto critica? Cae todo ser humano… y hablando de humanos, no puedo soportar que alguien se dirija a otro diciendo “es muy humano”, ¿qué va a ser, anfibio?

Se utilizan muchas expresiones que por trilladas no me gustan, como “hay que salir de la zona de confort” o “tírate a la piscina”. No me gusta cuando nuestros hijos van a elegir una profesión que no nos convence y decimos: “Si quieres ser esto vale, pero tienes que ser el mejor”. ¿El mejor? Pues lo tiene complicado. ¿No es mejor decirles que den lo mejor de si mismos? Motivación, perseverancia y trabajo no les va a faltar por ello. Ahh, la educación de los hijos, nadie dijo que fuera fácil.

Pero parece que los padres de hoy en día somos unos expertos en educación, somos expertos en todo, y les decimos a los profesores lo que deben enseñar y a los médicos lo que deben recetar a nuestros hijos. Hay veces que dan ganas de hacerlo, pero la predisposición a ser más listos que nadie es lo que no me gusta.

Ahh, los hijos, tan perfectos, tan guapos, tan listos, tan deportistas, tan estudiosos. Tanto que les envolvemos en un halo color rosa bebé o azul azafata (atención a los matices de color)  y lo promulgamos donde y como sea, y por supuesto en las redes sociales. Mea culpa, yo escribo cuentos infantiles, escribo sobre mis hijos, son mi fuente de inspiración, pero de ahí a promulgar miniñohahechocaquitadespuésdemerendar.com hay un trecho. Las notas finales del niño en Facebook no, por favor. #Veranocool #papisorgullosos #telomerecestodo

Ahh, los hashtag, nuestros nuevos amigos. Les tengo una especial manía, también por su uso abusivo, aunque los utilizo #claroestá. Ya no escribimos, sólo utilizamos cuadraditos. #puesvale #vosotrosveréis #faltasdeortografía #quepocoenrolladasoy.

Y ya no escribimos, citamos a autores que nunca nos interesaron demasiado. Pero nos pirramos por esas frases entrecomilladas, las citas, que lejos de decir algo interesante son bonitas, o promulgan obviedades sin más. No me gustan.

No me gusta el “Black Friday”, ni las rebajas, ni los chándales, no me gusta el desorden, ni la informalidad. Y no me gusta que me digan “cielo”, ni “cari”, ni “cariño” y menos si casi no me conocen, que se da el caso, cada vez más.  No me gusta que me digan “no te vamos a pagar tus escritos pero ganas en visibilidad”.

No me gustan, me dan mucha pereza, los anuncios de colonia; parece que voy a tener un orgasmo cada vez opte por tal o cual perfume. Mis orgasmos valen más que eso.

Y no me gusta el sexismo (que no sexo) que hay en televisión, ni la utilización hipócrita que se hace de él; entiéndase por utilización hipócrita querer confundir comportamientos sexistas con libertad sexual, que no tienen nada que ver.  No me gusta que me traten con condescendencia por ser mujer,  que se confunda ausencia de machismo con sobredosis de paternalismo. Lo sé, somos complicadas. No me gusta generalizar, y lo acabo de hacer.

No me gustan las serpientes, ni los gatos; me dan miedo. No me gustan los mensajes en cadena de whatsapp, ni lo crédulos que somos, ni los correos spam. No me gusta la palabra “alicatar”, ni lo que supone. No me gusta la palabra “choni”, ni el tuerquing ni el reguetón. No me gusta escribir artículos demasiado largos, pero en esta ocasión parece que me he extendido más de la cuenta. No creí que decir lo que no te gusta y desahogarte así sentara tan bien.

Y a vosotros, ¿qué es lo que no os gusta?


Por favor

porfavor

No sé la razón de porqué la expresión “por favor” tiene tan poca credibilidad. Cuando a mis hijos les pido las cosas por favor no parece que esta expresión les entre en el oído. “Por favor, ¿podéis recoger la habitación?”, “Me gustaría que terminaseis la comida sin protestar, por favor”, “Por favor, ¿dejas de pelearte con tu hermana?”. El oído ante el “por favor” se vuelve sordo. Eso sí, si levanto el tono, hasta el grito si hace falta, y cambio el “por favor” por alguna palabrota (Dios me perdone), todos obedecen.

Si un asesino está a punto de acabar con tu vida (esto no es algo que haya experimentado en primera persona, basémonos en lo visto en el cine, por ejemplo), basta decir “por favor” para que uno se ensañe más con el puñal. Habría que probar a decir “¡Mátame!”, lo mismo al asesino lo descolocas y te perdona la vida.

Antes de las vacaciones de Semana Santa, “¡por favor, qué cortas!”, le pedí, por favor, a un amable conductor que no aparcara en doble fila, porque estaba obstaculizando mi coche. Reaccionó como un animal de bellota, quizás si yo me hubiera puesto a gritarle habría quitado el coche inmediatamente.

En la consulta del pediatra le pedí en una ocasión, al doctor en cuestión, que me dijera, por favor, cuál era el protocolo a seguir si mi hija volvía a convulsionar por fiebre. Y la respuesta del señor fue, sin anestesia, y sin un amable usted: “No te neurotices”. Quizás si me hubiera puesto neurótica y hecha una energúmena diciendo algo del tipo “de aquí no me muevo hasta que no vean a la niña”, quizás, me hubieran dado una lista con pasos a seguir. Pero yo me fui de la consulta con dos lagrimitas, gracias.

Yo sigo, erre que erre, pidiendo cosas que no vienen al caso “por favor”. Me gustaría que me leyeras, por favor. No me agobies, por favor. Coge el teléfono que ya te he llamado tres veces, por favor. A Dios sin embargo no le pido nada, ni con favor ni sin favor, no depende de Él, ni le doy las gracias, en todo caso le pido perdón, en ocasiones, a veces.

¿Te reúnes conmigo, por favor?

Sea breve, por favor.

No me mienta, haga usted el favor.

Por favor, ¿me deja pasar su frontera?

Por favor, ¿deja de bombardear mi casa?

¿Puede no bajarme los pantalones, por favor? Gracias.

 


Domingo

winona

Cenizas; no me ha convencido la homilía de hoy. Me convence más el café que llega después. Un poco de vida por mis venas.

Os miro, me necesitáis pero no me doy cuenta. Hoy comemos fuera. La primera cerveza sí, pero no la segunda, cuando llega la tercera pido mi segunda, y cuando llega la cuarta no pido cerveza. Somos muchos. Cuando pedís la quinta cerveza yo pido la tercera, mejor así. Y te miro, estás cansada y hablas poco, adolescente de libro estás hecha.

Ya, me termino en casa la tarta de queso que he cocinado contigo y a ti, pequeña, te ayudo a hacer resúmenes. No te preocupes si no te sabes expresar bien, vamos a leer un poco cada día.

Mientras descanso repito palabras que se me vienen a la cabeza. “Imprimación”: es la primera capa de pintura con la que he restaurado una mesita. No voy a dar más capas, me gusta cómo ha quedado, a medio hacer. No es “estucado”, es “imprimación”. Me hace gracia esta palabra porque parece mal dicha. La repito varias veces. Y repito otras tantas “mi pie izquierdo” porque el bebé cojea de su pie izquierdo.  “Imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”, “imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”.

Ahora te apetece hablar y nos dedicamos cinco minutos. Tus preocupaciones son adolescentes como tú, pero expresadas por ti, parecen cuentos, a veces de miedo, otras cuentos risueños, siempre tan bien escritos.

Al final del día hablo contigo también, los niños duermen. Hablamos con el tono de los domingos; como una balsa con el mar en calma, inestable no obstante. Antes de acostarme echo un vistazo a mi salón, a la mesita con la imprimación, me encanta. Diría que tiene color ceniza, al final todo se reduce a eso.


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