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Maternidad (o verano, o conspiranoias varias)

Existe un verano de avísame si bajas a la playa, ¿dónde estás?, que tus amigas ya han vuelto, se te ha caído un mechero del bolso. Y un verano de ausencia total, que me gusta estar sola. También largas sesiones de lectura; yo me hago la ofendida si me coges mis libros pero en realidad es lo que quiero.

También existe un verano de te busco pero para fruncir el ceño, pero quiero que me ayudes a hacer pulseras y paso las horas muertas pintando, diseñando agendas, aprendiendo a pintar al óleo y estoy metida en todas las conversaciones de los mayores, opinando, pero es que me gusta estar rodeada de todos vosotros.

Y existe el verano de bucear, quedarse dormido en brazos de mamá mirando estrellas, y cogiendo cochinillas, y cangrejos y saltamontes. ¿Verdad, mamá, verdad? Lo voy a consultar en mi enciclopedia de animales.

Tengo niños de edades muy diferenciadas, y tengo varios veranos, y varias maneras de vivir la maternidad. Y espero que todo siga adelante de manera natural; al final me acabaré fumando el cigarro con la independiente mientras esperamos a que llegue de juerga (ya va tarde) el de los saltamontes. Ojalá.

Y la vida se repite y pese a los lobbies y los miedo a quiénes quieren cambiar el orden mundial (nada nuevo bajo el Sol, tengamos perspectiva), y los chips inteligentes, y las guerras y las pandemias, siempre estará el atractivo por lo prohibido y los cangrejos.

Y los padres, allí estaremos.


Nunca me gustó la palabra cuarentena

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Mucho se ha escrito sobre la cuarentena que estamos viviendo; algo desconocido que dos días antes (literal) no podíamos ni imaginar. Y a mí no me gusta dar consejos, ni tengo mucho arte para hacer bromas y menos me gusta meterme en discursos políticos porque no tengo alma de “cuñao”. Ya votaré o no en las siguientes elecciones, si me dejan salir de casa.

¿Entonces qué creéis que os voy a contar sobre la cuarentena? Una pequeña reflexión sobre mi experiencia, como siempre con el afán de entretener, un relato. Nada de lecciones, ni reflexiones morales, que no es mi campo ni lo pretendo. Si acaso que os sintáis identificados, o no. Soy el humilde bufón de la corte, el que con creatividad evadía de las preocupaciones de la guerra. Tengo claro cuál es mi vocación; soy la escriba y, aunque a veces nuestro afán parezca trivial, yo estoy muy orgulloso de él. Es vital.

Me ha ocurrido algo curioso estos quince días que llevo sin salir de casa, que no desconectada. Y es que he reflexionado sobre dos cosas sobre las que ya reflexionaba antes del encierro: el presente y el miedo. Me he dado cuenta de que estos días no me han cambiado. He oído hablar mucho de eso, de que esta situación nos va a cambiar como sociedad. Sin identificarme en absoluto con las personas afectadas por el coronavirus (enfermos, fallecidos y familias), y los profesionales que están al pie del cañón, que a ellos sí que les va a cambiar esta experiencia, yo sigo batallando con las mismas preocupaciones.

Con las mismas despreocupaciones, debo decir, porque llevo entrenándome bastante tiempo para vivir sin miedo y anclarme en el presente. Lo conseguí hace un año, por lo que ahora lo puedo poner en práctica sin forzar demasiado.

Me preocupo, pero no tengo miedo, porque el miedo es mirar a mañana y yo ya no hago eso. Incluso he tenido la tentación de no escribir esta reflexión hasta que no acabe la situación, pero estaría haciendo trampa. Es hoy, y no tengo miedo, y no voy a tentar a la suerte porque lo escriba. Mañana si pasa algo, se afrontará.

Soy una privilegiada debo decir; por ahora no nos encontramos mal ningún miembro de la familia, estoy trabajando como nunca, escribiendo muchísimo, riéndome también con algunas ocurrencias referentes al confinamiento, me van ustedes a permitir. Por Dios, si incluso puedo echar un polvo de vez en cuando.

Como digo, una no está exenta de preocupaciones, ni de malos ratos, pero me los producen las mismas cosas que antes del encierro. Mis  hijos son mi talón de Aquiles, os he de confesar.

Será por ese anclaje al presente que conseguí por fin hace tiempo, será porque ya trabajaba desde casa y estoy acostumbrada a llevar unas rutinas dentro (fuera pijama tempranito por la mañana), el caso es que por ahora esta experiencia no me ha cambiado. Mañana, no sé lo que pasará.

 


Lo que me gusta II

Estoy más de humor para escribir una segunda parte de “Lo que no me gusta”, pero he estado escuchando el tema central de In the Mood for Love y he cambiado de idea. Es momento de recordar las cosas que me gustan, ya sabéis, ciertas cosas que forman parte de un imaginario personal que adopto como “cosas mías”.

Me gusta leer el nombre de Shigeru Umebayashi, pero no pronunciarlo, sólo leerlo. Y me gustan los albornoces blancos de los hoteles. Sólo de los hoteles, no me gusta usar albornoz. Me gusta el olor a Nenuco, me gusta olerle la cabeza a mi hijo pequeño y que huela a toallitas, humanidad y Nenuco. Me gusta hablar por teléfono con mi padre, si es posible antes de las nueve de la mañana. Es una manera de decirnos: “Cómo nos gusta madrugar, somos unos cracks”.

Me gusta acostarme temprano, me gusta madrugar, me gusta dormir, me encanta mi edredón blanco con una funda blanca como la nieve. Me gusta llorar, últimamente no me salen las lágrimas, por lo que llorar me gusta más. Necesito sentir alguna lágrima mojando mi cara, como cuando noto mis dedos tecleando estas palabras. Ambas cosas me llenan de aire los pulmones y me causan escalofríos.

Me gusta tener telepatía con mi amiga L. A ella le da miedo pero a mí me hace gracia. Me gusta que no me gusten los libros que me recomiendan, me reafirma (aquí peco un poco de soberbia) mi gusto particular. Debo confesar que últimamente Lola ya me ha recomendado algo y ha acertado. Me gusta mirar a los ojos verdes suplicantes de Lola, me gustan las manos suaves de Martina. Me gusta que los hombres se saluden dándose dos besos.

Me gusta el haber superado la culpa, me gusta hacer rabona sin remordimiento, me gusta dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. Me gustan los ritos judíos, me gusta el hebreo, saber que está ahí por si algún día lo quiero estudiar. Me gusta aguantar la respiración en el agua de la piscina (esto no es dominio de Salvador Mallo) y me voy acomodando en la idea de que soy finita. No me molesta esa idea. Lejos de acobardarme me hace querer mejorar.

Me gusta la tipografía de las matrículas árabes. Me gusta tener el pelo corto, me gusta la soledad. Me gusta no haber escrito la palabra nostalgia en meses. Me gusta haber dejado la nostalgia atrás. Me gusta enviarles a mis amigas música por whatsapp casi todos los viernes, y me gusta mi perfil de Instagram. Me gusta mirar las ventanas de los edificios e imaginarme cómo son los pisos por dentro. Me gusta acordarme de la portada de “La Montaña Mágica” cuando veo la silla de la terraza de mis vecinos. Me flipa conducir.

Me gusta tener fantasías sexuales que no comparto con nadie. Me divierte. Me gusta saltarme mi propio menú y comer todos los días pasta.


Me aturde

ojos

Ayer estuve observando a mi hijo pequeño mientras dormía la siesta. Mientras lo acariciaba se me ocurrían algunos encuadres y hashtags para publicar en Instagram. Pero sólo pensarlo (y no es que lo haga de vez en cuando) me provocó cierta punzada en el estómago. Es que coger el móvil me aturde. Y creí que era mejor seguir observándolo, deleitarme en su respiración.

Trabajo con redes sociales para dos agencias de comunicación (me encanta, fomenta mi creatividad, estoy todo el día alerta); el móvil me sirve para estar en permanente contacto con mis clientes y para que no se me escape nada, estar totalmente al día de novedades de cada una de las empresas que llevo. Pero la pantalla del móvil me aturde, se me duerme la mano si estoy más de cinco minutos buscando info.

Utilizo el ordenador, un portátil, pero con el móvil al lado, y muchas veces vuelco publicaciones en Facebook y Twitter desde el móvil, o una Tablet muy mona que me compré hace unos meses. Pero la pantalla de la Tablet me aturde. Nada de Netflix ni Amazon Prime desde la pantalla de mi Tablet; tengo que ver “mis” series desde la tele. Es que me aturde.

Instagram desde luego desde el móvil, ¿cómo si no? Me gusta lo que hago con las empresas que llevo, y me gusta mi perfil de Instagram. Me gustan las fotos que vuelco, pero el móvil me aturde.

Este artículo (y tantos otros), que escribo tranquilamente desde el ordenador, lo voy a compartir con vosotros en Facebook y Twitter, y en LinkedIn y a muchos os lo envío por whatsapp; es la única manera, me comentáis, de que lo leáis. Pero una vez hecho todo esto, dejo el móvil hasta por la tarde… es que me aturde.

No hablo de comunicar todo por redes o de escribir online, que viene siendo mi trabajo desde hace años, me refiero a la pantalla, que me aturde. Necesito el papel en los libros por ejemplo. No puedo renunciar al papel, no puedo leer ni por EBook. Me aturdo. Pero por supuesto LOLA Y EL DRAGÓN también tiene versión Kindle, que no se trata de ir en contra de los hábitos de lectura de nadie.

No creo que sea una cuestión generacional lo del aturdimiento mío. Mis hijas necesitan una dosis de pantalla diaria que yo intento siempre recortar. Pero lo mismo le ocurre a mi madre, que lee por Ebook y está rejuvenecida con un grupo de whatsapp de sus amigos de infancia.

Y a través de un grupo de whatsapp estoy en contacto con amigas que me dan la vida, repartidas por varios sitios de España y “parte del extranjero”. Otro grupo ha afianzado otra amistad que espero dure mucho tiempo. ¿Cómo renunciar a eso? Pero comenzar el día leyendo mensajes me aturde.

¿Y lo de compartir los momentos de siesta de mi hijo? ¿O una imagen de Martina leyendo el periódico como una persona mayor? ¿Y contároslo? ¿Y este blog? ¿Forma parte de ese ego que hemos sobre-desarrollado al compartirlo todo en redes o mi vocación de CONTAR como periodista? Una mezcla, aunque a veces me acuerdo de esa famosa frase de Umbral: “He venido aquí hablar de mi libro”. Y de mis cuentos, y mis artículos…

Cambiando de tema, ¿me hago un tatuaje en la yema del dedo?


Propósitos de Año Nuevo II

tilde

El año pasado escribí un artículo llamado “Propósito de Año Nuevo” nada más comenzar enero. Y no es la primera vez que lo hago, también escribí otro titulado “1 de enero de 2014”.

Para no gustarme los propósitos de Año Nuevo y pensar que el 1 de enero es el día más tonto que hay, no cejo en el empeño de hacer algún que otro balance los primeros días del año.

Aquí me tenéis en el recién estrenado 2019 frente al teclado con necesidad de contaros algo, como siempre por si os sentís identificados, sobre esta necesidad de hacer balances.

He releído el artículo del año pasado y terminaba así:

Yo por mi parte voy a seguir siendo feminista (y subiendo). También estoy intentando que se me escuche más, sin dudas ni inseguridades; así parezco un poco más antipática, pero qué más da (…) Soy periodista desde que tengo uso de razón. No renuncio. (…) Y lo que no me gusta no me gusta, y no me esfuerzo porque me guste nunca más, que ya tenemos una edad. Y lloro, lloro sin complejos desde hace muchos años nuevos. Y soy muy fuerte, de eso soy consciente desde hace menos.

El feminismo intacto (y subiendo). Me hago escuchar, y no siempre tiene uno que ser antipático al dar su opinión. Aunque desconcierta a los que te rodean, sobre todo cuando no están acostumbrados. No renuncié y me he vuelto a subir a mi tren favorito, el del periodismo. Ando subiendo peldaños poco a poco y aspiro a acercarme a mis pasiones profesionales, despacito y con buena letra. Ahora casi no lloro, ando anestesiada, nunca pensé que iba a tener tan poca necesidad de llorar, que no motivos.

¿Qué os cuento? Nada que os divierta, como superar varias vicisitudes como madre, haber tenido mis momentos bajos, haberlos superado, hacerme fuerte y más fuerte.

¿Qué os cuento? Que no voy a hacer planes, los planes vienen solos. Os cuento que he hecho otro descubrimiento este año que termina, y es que me he reencontrado con la libertad. A veces siento que no dispongo de mi tiempo, ¿no os ocurre lo mismo? Pero soy totalmente libre cuando leo, mis libros me producen libertad. Soy libre cuando escribo (eso ya lo sabía), y soy libre cuando me siento con mi marido en el sofá y me bebo una cerveza (aunque la tenga que interrumpir varias veces a la llamada de “¡mamáaaaa!”). Soy libre cuando elijo y pienso, y soy más consciente que nunca de que es un privilegio. ¡Qué mundo éste en el que cada vez elegimos menos y pensamos menos!

Bueno, tengo un plan, y es que os voy a dar la lata con las tildes, que no ponéis ni una. Pobrecitas las tildes, abandonaditas. Asumo (de mala gana) lo de las exclamaciones e interrogaciones al principio de las frases, que acabarán desapareciendo. Pero, ¡escribid bien, panda de perezosos!

De política ni hablamos, ¿no?


Ausente

Cuanto más leo más me ausento. Me gusta esa sensación, aunque mis hijos me reclaman. Yo les digo: “Seguid leyendo”.


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