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De hospitales y hombres

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A veces tengo sueños ciertamente violentos. Lejos de asustarme los disfruto. De esa manera supongo que mantengo la vena psicópata a raya mientras mi subconsciente da rienda suelta a sus necesidades. Que no son las mías, para nada, soy muy pacífica y no me gusta la violencia.

El sueño de esta noche ha tenido lugar en un hospital. Hemos ido (algunas personas que no sé identificar, mis colegas, y yo) a visitar al marido de una amiga. Mi amiga real, ella sabe quién. Su marido, ficticio, una mezcla entre el cantante Javier Álvarez y el actor Robert Sheehan. Ella muy contenta, pizpireta y feliz. Él nos ha intentado envenenar.

¿Qué por qué está ingresado? Ni idea. Pero entre mis colegas y yo le hemos dado una paliza espectacular. Un cuarto vacío, azulejos llenos de agua y sangre, sus manos colgadas del techo… y nosotros dando, dando, dando. A cámara lenta, en gravedad, los puños doloridos.

Segunda visita al hospital; él en la cama amoratado, lleno de cortes… ella parece no enterarse de nada, nos recibe como si tal cosa. Allá vamos.

Segunda paliza, sangre y agua, azulejos. A cámara lenta. Suena de fondo Radiohead.

 

 

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Madrid

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No sé por qué vuelves siempre Madrid a mí. Deberías mantenerte lejos, exactamente a la distancia en kilómetros que nos separan. Pero te cuelas en mis sueños y tus calles, dulcificadas por mi subconsciente, aparecen como fotografías repetidas.

Tengo sueños recurrentes, ya lo he comentado más de una vez, pero son recurrentes algunas temáticas, sensaciones, elementos como el agua, la sangre, el color azul Francia. Nunca se repiten escenas o fotografías, menos cuando sueño con Madrid. Madrid es un sueño que se repite.

Y hay dos lugares que vienen a visitarme para recordarme que Madrid ya no me pertenece. En realidad no existen; o son una versión alterada de lugares que sí existen. A veces observo el principio de Paseo de La Habana, a lo lejos, y lo que observo es un bulevar, pero acristalado. Todo es puro cristal, y puedo ver a través de él. No me muevo.

Otras veces estoy en Gran Vía y subo a un escarpado campanario de alguna Iglesia, no recuerdo que haya nada parecido por allí. A veces es una Iglesia, otras un castillo, pero sé que accedo por Gran Vía y que subo por una escalera de piedra; por algunos recovecos se cuela una hiedra.

Cristales y piedra. Y tú ya no me perteneces y yo quiero pisarte de nuevo.

 


Sueños sin sentido (y divertidos) IX

¡He conseguido trabajo! Como ayudante de un cirujano en un servicio de urgencias… Creo que no voy a poder. Al principio me han contratado para redactar informes sobre las operaciones, bien. Yo lo que sé hacer es redactar, a mí lo que se me da bien es redactar, hacer redacciones, escribir palabras. Y puedo utilizar palabras como sangre, bisturí y heridas varias sin marearme. Pero a-yu-dar, estar ahí, rajar pieles, eso ya es otro cantar. El médico que me ha contratado está entusiasmado conmigo; supongo que ha habido un malentendido y que no sabe que mi formación y experiencia dista mucho de lo que está buscando. Pero yo lo veo tan contento que me da apuro contrariarlo, decirle que no tengo ni idea de lo que hay que hacer y que puedo ser un estorbo más que una ayuda.

Y así, con una bata verde y preparada para entrar en quirófano me he despertado, no puedo contaros si el paciente ha sobrevivido con mi intervención.


Muerta y resucitada

Esta noche me he convertido en una rebelde sin causa, en una adolescente descontenta, en una niña desprotegida que vagaba por las calles esperando encontrarse con alguien que le salvara la vida. Y he sentido como real la posibilidad de que tu vida dé un giro de ciento ochenta grados sólo por el hecho de coger un camino u otro, literalmente.

Y en el sueño de esta noche he tenido dos oportunidades; he podido comprobar las dos posibilidades, la del camino de allí y la del camino de allá. En el primer camino me he sentido ligera, pero por el efecto de las drogas, porque me he encontrado drogas que aliviaban mi dolor y me devolvían a la realidad de manera brusca, herida, más desprotegida. Entonces he buscado desesperadamente a ese alguien que me salvara la vida, pero los malvados me la han robado y he sentido como me desangraba.

Pese a creer estar muerta he podido tomar otro camino, y al final de ese camino me esperaba una fiesta sorpresa presidida por un cartel que decía: “Enhorabuena, lo has conseguido”. Estaba tan confusa que creía ser objeto de una broma macabra, pero algunas personas me han explicado que había resucitado, que tenía otra oportunidad y alguien muy sensato me ha susurrado al oído que estaba soñando.


Sangre otra vez (entre paréntesis)

Conmocionado se ha quedado el mundo entero (por exagerar) ante la inesperada muerte (soñada por mí) de Daniel Radcliffe (Harry Potter para los amigos). Asistía yo a una rueda de prensa de Radcliffe, a la presentación de alguna nueva película protagonizada por el actor británico cuando, de súbito, sin que nadie pudiera reaccionar, alguien le ha disparado y ha recibido un tiro en la cabeza. Se cae, se muere y se acabó.

No hay sangre, es un tiro limpio, una bala con forma de flecha, que no le hace sangrar. La sala queda desierta en cuestión de segundos, pero yo no puedo moverme porque dos gotas de sangre me han dejado hipnotizada. Dos gotas de sangre en el suelo, a mis pies, ¿son de Radcliffe o son mías esas gotas? ¿Quién sabe? Nadie hace caso porque nadie hay en la sala, uno muerto y yo mirando la sangre, que me hipnotiza.

Viene la policía científica (ya sabéis lo que me gusta una serie de homicidios…) e investiga. Pero investiga mal, porque no hace caso (la policía científica, en abstracto) de las dos gotas de sangre que, por lo que parece no son ni del pobre Daniel ni mías. Podrían ser del asesino, pero nadie las mira, ni las analiza, ni las observa como yo; son dos gotas de sangre perfectas, se convierten en soles rojos, en estrellas rojas perfectas y se coagulan.


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Si alguna vez te ves inmerso en una pesadilla, con el vértigo que conlleva el tener que esconderte porque te persiguen, y a la vez con la curiosidad propia del “qué pasará a continuación”, lo mejor es no plantearte por qué estás soñando con sangre y simplemente dejarte llevar. Eso es lo que yo he hecho esta noche, porque no sabía muy bien adónde me llevaría mi pesadilla, y la verdad es que hemos hecho, mi pesadilla y yo, un viaje alucinante.

Sí, hay tiros, y zombis y sangre, pero también una historia de amor.

Creeréis que soy una buena espectadora de películas de terror, pero no es el caso, sólo me divierto con estas cosas cuando las sueño. El porqué nunca lo sabré.

Dicho esto, formo parte de un equipo médico y, cada vez que dirijo la mirada a uno de mis compañeros, alguien dispara hacia ellos y les explota la cabeza. Cae uno detrás de otro, ¿seré yo la que está disparando? No lo sé, parece que no llevo ningún arma encima. Subo por unas escaleras y luego subo en un ascensor, y luego subo a un autobús y viajo hacia Miami porque ya no soy médico, ahora pertenezco a un grupo de cheerleaders. Pero antes de llegar a Miami han muerto todas mis compañeras: las miro y les disparan. ¿Os imagináis el cosquilleo que siento en mi espalda cada vez que oigo un disparo? Porque los siento justo detrás de mí.

Escapando de toda esta locura viajo al futuro y descubro que me ha estado protegiendo un francotirador de los médicos y las cheerleaders, que en realidad eran zombis. Sí, me he casado con el francotirador y tenemos un niño de seis años, y vivimos a seis horas de Miami con seis gatos.

 

 


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